Crítica de «Historias para no contar» (pues eso mismo)

En clave de comedia, Historias para no contar narra situaciones en las que nos podemos reconocer y que preferiríamos no explicar o incluso olvidar. Encuentros inesperados, momentos ridículos o decisiones absurdas… Cinco historias con una mirada ácida y compasiva por la incapacidad para gobernar nuestras propias emociones.

Esta es la premisa de la nueva película de Cesc Gay (Una pistola en cada mano, Truman, Sentimental), que dirige y que también guioniza, junto a Tomás Aragay. De nuevo el director utiliza el formato episódico para mostrarnos la vida sentimental de varias personas con ironía, dejándonos ver que muchos de nuestros acontecimientos vulgares y cotidianos son, en realidad, absurdos y un tanto patéticos.

Historias para no contar (desde luego)

Siempre es complicado analizar una obra compuesta de varias partes independientes entre sí, cinco historias que no tienen nada que ver… excepto la temática: como se afirma en la primera de las historias, hay cosas que es mejor no contar a tu ser querido, historias que preferimos no compartir con los demás, ya sea por vergüenza o por orgullo.

Historias para no contar

Son historias sencillas y, por ridículas, son un tanto cómicas. Las interpretaciones (hay un gran elenco de muy buenos actores y actrices) cumple sobradamente, obviamente unos más que otros. Pero el problema es otro.

El problema es la premisa inicial y su desarrollo. Como digo, son historias sencillas, cotidianas, historias que, en realidad, nos pueden pasar a cualquiera de nosotros… Es decir, son historias bastante insulsas que requieren de algunas técnicas para que realmente sean interesantes para el espectador: sorpresa, humor o una bien medida temporalidad de cada uno de estos episodios.

Y no ocurre así. La mayoría de estas historias no ofrece ninguna sorpresa, y es algo que los guionistas han hecho a propósito, por lo que ellos mismos deberían haberlo tenido en cuenta de cara al espectador.

El humor de casi todas ellas es, digamos, suficiente. Pero si resulta que algunos de los episodios son demasiado largos, pierden “la gracia”: los chistes o las situaciones cómicas se repiten y, por tanto, dejan de funcionar.

Al final lo que tenemos son un muestrario de buenas interpretaciones pero con una historia detrás que no tiene la suficiente fuerza como para mantener el interés. Si a esto unimos que la dirección es un tanto caótica (demasiados cambios de ángulo sin motivo narrativo, por ejemplo), saldremos del cine con una sensación agridulce: no es una mala película y nos lo hemos pasado bien, pero nos deja bastante “fríos”. Es muy olvidable. Y eso se habría podido solucionar, por ejemplo, acortando las historias. Una pena.

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